DISCURSO DE ORDEN
CEREMONIA DE CAMBIO DE MANDO
UNIVERSIDAD NACIONAL AGRARIA LA MOLINA
Ph.D. JOSÉ ALBERTO BARRÓN LÓPEZ
Señor Presidente de la República
Señoras y señores miembros de la Asamblea Universitaria,
Señores Vicerrectores Académico y de Investigación,
Señoras y señores autoridades académicas y administrativas de la universidad,
Señores docentes, estudiantes y trabajadores,
Señores egresados, invitados especiales,
Familiares presentes y amigos,
Comunidad molinera en su conjunto:
Asumo hoy el cargo de Rector de la Universidad Nacional Agraria La Molina con profundo honor y, antes que nada, con gratitud. Gratitud a Dios por haberme permitido llegar a este momento y por la fortaleza concedida en el camino recorrido. Gratitud también a mi familia, en especial a mi madre, quien desde la infancia me formó en el respeto al prójimo, en la solidaridad con los más necesitados y en el valor de compartir incluso cuando la riqueza material era escasa; quien me enseñó a leer, a expresarme y a comprender la lengua quechua, y cuya memoria y ejemplo me acompañan siempre. A mi padre, que a sus noventa años continúa siendo fuente de firmeza, consejo y orientación; y a mis hermanos y hermanas, inagotables ejemplos de tesón, hermandad y apoyo constante.
Con esa formación humana y esos valores profundamente arraigados, llego hoy a este encargo no movido por la vanidad del poder, sino por la convicción de que las instituciones, cuando escuchan a su comunidad, pueden renovarse, corregirse y volver a proyectarse con fuerza hacia el futuro.
La Molina no es una universidad cualquiera. Es una institución centenaria, forjada sobre el rigor científico, el compromiso con el desarrollo del país y una profunda vocación de servicio público. Nuestra historia —desde la Escuela Nacional de Agricultura y Veterinaria hasta su condición de universidad nacional— ha estado marcada por etapas de avance, consolidación y modernización. Pero también, seamos honestos, por periodos de estancamiento, inercias administrativas y decisiones que nos alejaron de nuestra mejor versión.
El filósofo George Santayana advertía que quienes no recuerdan su pasado están condenados a repetirlo. Recordar, sin embargo, no es anclarse en la nostalgia ni en la recriminación, sino aprender. La memoria institucional debe servirnos para discernir qué prácticas fortalecieron a la universidad y cuáles, con el paso del tiempo, la debilitaron.
Las recientes elecciones no deben entenderse como una victoria personal ni como una derrota de otros. Son, más bien, la expresión de una voluntad colectiva de cambio, particularmente del cuerpo docente, que ha dicho con claridad que la universidad necesita un nuevo rumbo. Ese mandato no es un cheque en blanco: es una enorme responsabilidad ética, académica e institucional.
Mi vínculo con La Molina no nace hoy ni con esta investidura. Ingresé a esta universidad hace treinta y ocho años, en 1988, como estudiante de Zootecnia. Aquí me formé, culminé mis estudios de pregrado en cinco años e inicié inmediatamente la maestría. Antes incluso de concluirla, en 1994, asumí la responsabilidad de incorporarme a la docencia. Desde entonces, salvo el tiempo dedicado a mi formación doctoral en el extranjero, al servicio público y a estancias académicas de capacitación, mi vida profesional ha estado profundamente ligada a esta Casa de Estudios. He sido alumno, investigador y docente; he vivido sus aciertos y sus crisis; he conocido la universidad desde dentro y desde fuera del país. Por eso, el compromiso que hoy ratifico no es circunstancial ni retórico: es el compromiso de quien ha crecido con La Molina, de quien cree que la experiencia acumulada y la mirada comparada deben ponerse al servicio del Alma Mater y, a través de ella, del Perú.
Vivimos tiempos complejos. La universidad enfrenta desafíos reales y urgentes: deficiencias en infraestructura y servicios básicos, debilidades en la gestión administrativa, tensiones internas, afectación del clima académico y un deterioro progresivo de nuestra proyección nacional e internacional. A ello se suma un contexto externo cada vez más exigente, donde la calidad, la investigación y la transparencia ya no son opcionales, sino condiciones indispensables para existir como universidad pública licenciada y competitiva.
No podemos ignorar esta realidad. Como escribió José Ortega y Gasset, “la claridad es la cortesía del filósofo”. Hoy la claridad es también la cortesía del rector con su comunidad. Habrá decisiones difíciles y ajustes necesarios. Algunos de ellos serán dolorosos, porque implican revisar prácticas arraigadas durante décadas. Pero no hacerlo sería condenar a La Molina a la irrelevancia académica y al aislamiento institucional.
Quiero ser muy claro: el cambio que proponemos no es contra las personas, sino a favor de la institución. No es una revancha, sino una reconstrucción. No es improvisación, sino planificación responsable. Apostaremos por una gestión transparente, por la meritocracia real, por el fortalecimiento de la docencia y la investigación, por una formación integral y exigente de nuestros estudiantes, por la formación continua de nuestros docentes, por el respeto irrestricto al disenso y a la pluralidad de ideas, y por una administración moderna al servicio de la academia y de la comunidad universitaria, y no al revés.
La literatura latinoamericana nos ha enseñado mucho sobre los peligros del poder prolongado y de las instituciones que dejan de escucharse a sí mismas. En Conversación en La Catedral, Mario Vargas Llosa nos recuerda que el deterioro de una organización no ocurre de un día para otro, sino como resultado de pequeñas renuncias éticas acumuladas. Y en El otoño del Patriarca, Gabriel García Márquez nos muestra cómo los sistemas que se creen eternos terminan colapsando por su propia desconexión con la realidad. La universidad no puede ni debe parecerse a esos relatos. La universidad debe ser, por definición, un espacio de autocrítica, renovación permanente y pensamiento libre.
Ejerceré este rectorado como uno de los docentes más jóvenes en la historia reciente de La Molina, con respeto por la experiencia acumulada de quienes nos precedieron, pero también con la convicción de que es tiempo de abrir paso a una nueva etapa. Una etapa donde dialoguen generaciones, donde la tradición y la innovación no se excluyan, sino que se potencien.
Convoco a los docentes, a los estudiantes, a los trabajadores y a los egresados a reconstruir juntos el proyecto molinero. Nadie sobra en este esfuerzo. Pero todos debemos entender que la universidad que queremos recuperar exige compromiso, responsabilidad y renuncias personales en favor del bien común.
La elección que hoy nos convoca no es un punto de llegada, sino el inicio de una nueva etapa. Superada la tormenta electoral, corresponde ahora la serenidad, el diálogo franco y el trabajo sostenido. La historia —como la vida— ofrece segundas oportunidades, y aprovecharlas es siempre una decisión colectiva. Que esta gestión esté a la altura de la confianza recibida y que La Molina vuelva a mirarse con orgullo a sí misma y a ser reconocida con respeto por el país y por la comunidad académica internacional.
Quiero expresar también mi agradecimiento sincero a todas las personas que respaldaron esta candidatura y, de manera especial, al equipo de trabajo que me acompañó con convicción, generosidad y entrega, entre ellos a Fernando Rosas Villena y Jorge Jiménez Dávalos, quienes asumieron con lealtad y compromiso el reto de acompañar esta propuesta desde la vicerrectoría. Hombres y mujeres que dedicaron tiempo, esfuerzo y talento sin pedir nada a cambio, movidos únicamente por la esperanza de que la universidad podía y debía cambiar. Este resultado no es el triunfo de una persona ni de una lista; es el triunfo de quienes creyeron que la UNALM merece una oportunidad de renovación y futuro.
Permítanme, finalmente, unas palabras personales. Ninguna responsabilidad pública se ejerce en soledad. Durante los meses de campaña —marcados por largas horas de desvelo, preocupación y reflexión— y durante los años de dedicación a nuestra universidad, mi familia ha sido un sostén silencioso y constante. A mi esposa Carla y a mis hijos, que han comprendido ausencias, descuidos involuntarios del hogar y una entrega muchas veces absorbente a la vida universitaria, les expreso hoy mi gratitud más profunda. Soy plenamente consciente de que la responsabilidad que hoy inicio exigirá aún más tiempo, más esfuerzo y más renuncias compartidas. Este rectorado también les pertenece, porque sin su paciencia, comprensión y afecto, nada de lo que hoy comienzo sería posible.
Hago propia esta responsabilidad con humildad, con firmeza y con la convicción de que el cambio verdadero no se impone, se construye. Convoco a docentes, estudiantes, trabajadores y egresados a caminar juntos este tiempo de renovación. Si actuamos con ética, respeto y sentido de futuro, La Molina no solo superará sus dificultades, sino que sabrá transformarlas en una nueva etapa de crecimiento y servicio al Perú. Y como nos recuerda el mensaje de nuestro himno molinero —La Molina siempre adelante, juntos en unión y lealtad—, ese es el compromiso que hoy dejo ante ustedes y ante la historia de nuestra universidad.
Muchas gracias.
José Alberto Barrón López, Ph.D.
Rector
Universidad Nacional Agraria La Molina
La Molina, 23 de febrero de 2026
